3 libros de ensayo cortos que te volarán la cabeza
No sé si a ti te pasa, pero a veces busco un libro para poder leer en el metro, en el bus, mientras espero... sin tener que llevarlo en la bandolera o la tote o la mochila. En definitiva, sin cargar ni con él ni con el ebook (y lo de leer en el móvil lo llevo fatal). Así que muchas veces voy a los libreros del barrio y les digo que busco buenas lecturas 'atadas en corto' —esto va por niveles, por ejemplo 'las desmadradas' suben las 700 páginas y nunca son de bolsillo, pero ya hablaremos de eso otro día si quieres—. Y entre la colección Pulga que heredé de mi abuelo y estos caprichos he llegado a tener una interesante biblioteca de 'breves' entre las que hay muchos ensayos.
Sé que a veces escuchamos la palabra “ensayo” y uno se aburre solo de pensarlo. Pero joyitas como El infinito en un junco, de mi admirada Irene Vallejo, nos recuerdan que solo era un prejuicio venido de aquella vez que leímos... (me lo callo por respeto y porque no me gusta hacer publicidad de aquello que no lo merece). Solo que en esta ocasión he seleccionado algunos ensayos que ocupan muy poco, se leen en un par de horas, son muy interesantes y algunos me volaron la cabeza —pienso en el de Jonathan Swift y me pongo nerviosa de la emoción que me produce siempre recomendarlo—. Pero no adelantemos acontecimientos, que aún no ha comenzado la fiesta y ya estoy abriendo los regalos. Y todos, absolutamente todos, me regalaron momentos y frases de esas que subrayas y relees ese día que necesitas un extra de inspiración para tu vida. Una reafirmación. O coraje para rebelarte.
La filosofía del vino, de Béla Hamvas (Acantilado)
Los Cuadernos del Acantilado son uno de mis objetivos cuando me paseo por una librería. Me rechifla su edición, los autores, los temas. Mi última adquisición es de hace un par de días: La utilidad de lo inútil, de Nucio Ordine. A ver si tras leerlo entiendo por qué tengo la cabeza llena de 'trastos' (soy una enciclopedia de saberes absurdos). Cuando abrí La filosofía del vino, que ya me llamó la atención solo por su título, y leí su inicio me dije: Es perfecto. “He decidido escribir un libro de plegarias para ateos (…) Soy plenamente consciente de la dificultad de mi tarea. Sé que ni siquiera puedo pronunciar la palabra 'Dios'. Tendré que hablar de él recurriendo a otros nombres, por ejemplo, 'beso', 'ebriedad' o 'jamón cocido'. He elegido como nombre supremo el vino. El filósofo húngaro escribió este texto de apenas cien páginas en 1945. Un asombroso canto a la vida y sus placeres, irónico, crítico con toda convención, muy divertido y perfecto para hedonistas y buenos bebedores. Adiós a los corsés y al negro y aburrido puritanismo. ¡Que disfruten nuestros sentidos, que se embriaguen y que nos critiquen por ello mientras bailamos! Y disfruta del estupendo catálogo de vinos de su país. Quizás sea hora de regar la lectura con una buena copa.
Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adicihie (Literatura Random House)
Un clásico de nuestra época. Siempre que nos invitan a soñar me emociono. Es fácil cuando escuchas por vez primera el I have a dream de Martin Luther King Jr. O el Imagine de John Lenon. O cuando lees este libro: “... hoy me gustaría pedir que empecemos a soñar con un plan para un mundo distinto. Un mundo más justo. Un mundo de hombres y mujeres más felices y más honestos consigo mismos.” Apenas son 40 páginas que mezclan la biografía con la historia, con la reflexión sabia y calmada, y con esa proyección de futuro que debería ser presente de no ser porque sospecho que muchos de los líderes mundiales no abren libros como este. Y así nos va. Pero los que sí lo hacemos, los que estamos horrorizados ante lo que hacen estos matones que ven en el mundo su cuarto de juegos, nos convertimos en gigantes que saben que somos muchos más, una fuerza imparable que augura nuevos vientos. Quizás muchos de nosotros leamos también por eso, para que jamás se nos olvide que tenemos la fuerza para inclinar cualquier balanza.
Confesiones de un inglés comedor de opio, de Thomas De Quincey (Alianza Editorial)
Este ensayo autobiográfico es un poco más largo que el resto de los que te recomiendo, pero su lectura no alcanza las cuatro horas, salvo que seas como yo y te guste recrearte y subrayar (todos mis libros tienen las cicatrices de haber sido usados y muy usados). Junto a Del asesinato considerado como una de las bellas artes, otro estupendo ejemplar corto para llevar en nuestros pequeños viajes diarios, es uno de mis títulos favoritos de este solitario británico que intentaba escapar del aburrimiento y el aburguesamiento. El problema fue que como el Dr. House —De Quincey también tenía una inteligencia superlativa— comenzó a drogarse para paliar unos dolores y cayó en su sueño embriagador. En resumen, la historia de una adicción.
Un ejercicio escribir sobre ella que fue original y que hoy revienta los estantes de algunas librerías, porque famosos que se droguen y como terapia lo escriban y lo publiquen después, sea animados por un editor sea convencidos de que su ejemplo puede servir de ayuda, es otra de esas modas que rachean la historia de los lanzamientos. Pero De Quincey tiene algo enigmático, no se enroca, piensa, construye y deconstruye su proceso y el de la sociedad en que vivió, y acaba por ajusticiar su cuerpo, deseándole lo peor. Este párrafo me parece una perversa delicia: “[Refiriéndose a su cuerpo] … yo lo detesto y lo hago objeto del escarnio y el desprecio más amargo, y no me desagradaría saberlo objeto de las últimas indignidades que inflige la ley a los cadáveres de los peores malhechores. En prueba de la sinceridad de lo que digo me permito hacer la siguiente oferta...”. La propuesta a los caballeros de la Escuela de Medicina es una de las mejores venganzas de la historia de la literatura. Pero desvelarla aquí sería traicionar el espíritu de esta lectura.


